lunes, 5 de abril de 2010

El mar y el ser


Un día me desperté temprano, el sol todavía no había salido y la mañana era oscura, aunque aparecían los primeros signos del amanecer: el día insinuaba su potencial, el cielo estaba clareando levemente, haciéndote intuir las formas, los contornos de las cosas: una borrosa, todavía, realidad. En este momento especial, de renovación, sentí como una esperanza interior, como un mundo de posibilidades que se me ofrecía, como una página en blanco donde poder escribir, o reescribir a mi antojo. Como una nueva oportunidad.
No se por qué, en este día concreto, este sentimiento me embargó. No era un día especial, en nada diferente a los incontables días anteriores, sólo puedo decir que esa mañana significó para mí una nueva posibilidad. No quise quedarme en la cama, era una mañana renovada, como si no tuviera historia previa, o como si la misma no fuera importante: era un día nuevo, era un renacer donde yo pudiera escribir el futuro que más me apeteciera. Era una sensación de poder absoluto sobre mi mismo, sin tener importancia mi edad, los compromisos adquiridos: una sensación de libertad en la que mi voluntad y sólo ella, podía dirigir mi vida.
Así que me levanté, eufórico, sin rastros de pereza, ilusionado. Era dueño de mi futuro, al menos a corto plazo, estaba ilusionado por ese día, o ese futuro, por qué no, que podía moldear. Estaba sólo, el resto de la familia durmiendo, el día amaneciendo, y yo con todo mi potencial, con todas las posibilidades a mi alcance, sólo tenía que decidir hacia donde ir, como enfocar mi existencia; un mundo que podía esculpir.
Pero tenía que tomar una decisión difícil, tantas eran las oportunidades, todas eran posibles. Podía ser explorador, ermitaño, escritor, monje tibetano. Podía retomar mi profesión de médico, ayudar en África, podía estudiar la carrera de ingeniero nuclear, ¡Tantas eran las oportunidades!
Me hice un café y me senté en mi sillón, la ilusión me impedía estar sentado pero me impuse paciencia, reflexión: cuando tu mundo está en tus manos no puedes equivocarte, tienes que decidir la opción más adecuada, quizás sea tu última oportunidad, o ahora o nunca. Volver a equivocarse ahora ya no tendría remedio, la edad no perdona, sólo me quedaban los años justos para intentar algo, después ya sólo me quedaría la contemplación, el recuerdo, posiblemente la frustración de las oportunidades no escogidas, de los trenes perdidos.
El día, no obstante, iba clareando. El tiempo iba pasando y yo no me decidía: ¿Qué podía hacer? ¿Cómo podía enfocar mi vida desde ese mismo instante hasta el final inevitable? ¡Todavía había tiempo para que todo tuviera sentido!
Pensé que lo mejor era levantarse del sillón, ducharme, vestirme y salir a la calle, pasear en este momento de la mañana en que la vida de la ciudad estaba dormida, las calles mojadas por los servicios de limpieza brillarían inundadas por el tímido sol que se insinuaba en el horizonte. Las paredes de mi casa no me permitían expandir la mente, abrir mi horizonte. Bajando hacia la playa desierta el mundo se abriría, mis sentimientos podrían expandirse libremente, y mi futuro deseado aparecería ante mí como una revelación inevitable, como una intuición.
Me dirigí calle abajo hacia el mar, el aire fresco de la mañana me daba vigor y mantenía inalterada mi emoción. Las calles estaban prácticamente vacías y me sentía como dueño y señor de mi vida, de mi entorno. Pensaba que había tomado una buena decisión al desperezarme y salir de casa, y esto me daba ánimos ante la posibilidad de tomar decisiones, que tan difíciles eran de tomar. Andaba alegre, vigoroso, todavía era temprano, no había perdido el tiempo excesivamente, todavía podía decidir, enfocar mi futuro como me apeteciera: la magia de esta mañana no se había evaporado.
Llegué frente al mar, de pie en la arena húmeda de la mañana, mientras las olas rompían en la playa, con un rugido profundo, estremecedor. Era una sensació de gran belleza e inmensidad que me embriagaron: me emocioné viendo su poder, su libertad ilimitada, su bravía incontrolable. Intuí que nosotros, los seres humanos, los grandes limitadores, los delineantes del universo, los traductores de signos, los interpretadores, nada podíamos hacer frente su poder inmenso. Un poder propio, natural, irrevocable, independiente. En este momento tuve una sensación de unión primigenia, de comunión, y a la vez de impotencia, de pequeñez, de insignificancia. Era como una sensación de aniquilación deseada, de postración reverente frente a la gran inmensidad, frente a lo inabarcable. Significó para mí como una rendición frente a lo magnífico, un deponer las armas y los escudos a los pies del poderoso invasor, que rugía ante mí, mientras estaba sólo en la arena, descalzo. Lloré, pero fueron lágrimas pesadas, densas, silenciosas, que brotaban sin estridencias arrastrando mi orgullo, mi vanidad fuera de mí, disolviéndolas en el mar.
Me embargó una inmensa paz, respiré hondo, di media vuelta y reanudé mi vida desde la humildad aprendida, desde mi gran pequeñez ahora estimada.

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